jueves, 3 de noviembre de 2011

SUBJETIVIDADES Y AFECTOS, TERRITORIOS DE LA POESÍA

Por Óscar Wong


Signos y señales prefiguran e insinúan ciclos y espacios futuros, acaso territorios donde todo se coordina para la recolección futura. Agua y tierra combinándose para forjar la semilla que incinera y se desplaza por el aire hasta desembocar en el corazón del mundo. Una semilla es un árbol en potencia, de acuerdo con Aristóteles; tal vez por ello es invariable pensar en la germinación, en la simiente como símbolo de la vicisitud de la vegetación, que muere y se multiplica.
Tránsito y resurrección, ciertamente, conectado con lo seminal. Oquedad y completud en alternancia, de lo subterráneo que concluye y se edifica a plena luz, germinando, creciendo, manifestándose a plenitud. Cualquiera que sea el desarrollo venidero, la presente Tríada* de autores como una nube fosca augura fertilidad. Como presagio de lluvia, entraña abundancia, feracidad. Y la posibilidad de estructurar convenientemente las relaciones analógicas para provocar un aspecto vectorial, conmovedor, en el poema.
Conviene recordar que el lenguaje poético se establece por el ritmo, las imágenes y la simultaneidad de planos de significados, que obviamente surge de la capacidad estética del lenguaje, con el apoyo insospechado de la intuición. Sentimiento y pensamiento se concilian puesto que la imagen es el concepto. La emoción, el núcleo vital, es importante porque provoca esa tensión interna, ese impulso sensible, único, que carga al idioma, a la poesía, de fuerza, de vigor. Es decir, de lo que se trata aquí es de atribuir al lenguaje de significados (infundir de sentidos a la palabra, como dice el viejo Ezra Pound). Y eso sólo lo consigue la Poesía.
La presente selección –que no antología[1]–, engloba a tres autores "poéticamente" activos, cuyas edades y expresiones son variadas, disímbolas en más de un sentido (dos mexicanas nacidas en los 60 y un caribeño de los 50). Temática y estilísticamente se despliega esta Tríada de subjetividades y afectividades, quienes observan la realidad desde su particular concepción del mundo.
No hay, desde luego, un denominador común, salvo la actitud ante el lenguaje, su constante confrontación con el entorno (lo que los viejos marxistas determinaban como “refiguración”, no mecánica, de la realidad”). Los temas que se abordan son los mismos de siempre, reiterados hasta el cansancio: la memoria, la esperanza, el amor, el tiempo, et al. Vivencia frágil, voces de humano olor, persisten en estas nubosidades líricas. Memoria, búsqueda imprecisa del instante, la Tríada de voces acomete una justificación sensible, estética, del mundo: el ser humano desenvolviéndose en la materia poética, animado por el impulso emocional, desde luego, porque en la Poesía, de acuerdo con el imprescindible Pound, “el idioma se carga de energía y se dinamiza de varios modos” (El arte dela poesía, 1983: 40). Sinécdoques y metonimias sencillas combinándose para mostrar la otra cara de la realidad externa. Mostrar, revelar, esa otra dimensión. Llevar más allá de los sustratos de apariencia.
Cierto: hay cambios, transformaciones substanciales que van desde la raigambre histórica y que revela multiplicidad de recursos expresivos, registros sensiblemente individuales, coloquialismo, compromiso con el momento histórico que les ha tocado vivir. Si Huidobro descubrió los ritmos internos, el valor experimentado de la metonimia y trabajó la zona de la voz con una estética basada en la fanopea (como indicaba el veterano Pound), donde la imagen, no del orden ornamental, sino como visualización dinámica, repercute en el aspecto morfosintáctico, provocada por la cadencia, la tensión interna del verso.
En los poetas que me ocupo –Teresa de la Fuente (Río Grande, Zacatecas, 1964), Ángel Collado (La Habana, Cuba, 1956) e Irma del Ángel (SLP, 1966) –, se advierte la presencia de la realidad desnudando al lenguaje de su exterior retórico y devolviéndole su sentido primigenio, su auténtica realidad. Por ende, la expresión libérrima, la pluralidad lingüística, temática y estilística, cobran significación. Por ejemplo el recuento existencial, vivencial en Teresa de la Fuente, donde la sensibilidad se abre a circunstancias más emotivas, asumiendo toda posibilidad mimética con el mundo:

                        ... ahí estás
                        en cada pentagrama
                        los pensamientos aniquilas
                        tomas sin permiso las horas
                        ven a contar destellos del azul
                        a palpar del mar la espuma
                        ven
                        campana ardiente
                        sonora luz
                                                           (p. 19)

O la evocación del entorno en Ángel Collado: búsqueda, sentido social, pretenden signar una persistente lectura de la realidad con el propósito de adquirir una identidad propia, trastocada en “Espejismo”:

                        En este mar de arenas que nadie reclama
                        hasta las flores hieren

                        La carretera se vuelve malecón donde la vista escapa
                        hacia las naves sin bandera que espantan la carroña...”
                                                                                              (p. 46)

Así como la parquedad enunciativa para eslabonar versos debido a la preocupación por el oficio, como sucede en Irma del Ángel, acaso para interrogarse si en verdad ¿el poema se erige como una búsqueda personal, como actitud contemplativa o como el cuestionamiento de la realidad?:

                        De su cabello surge un campo de amapolas
                                   Y un lento caracol asciende por su abrigo de campo
                                   Así es, o así recuerdo, al menos
La ilustración de aquél libro inglés de alguna biblioteca.
                                                                                              (p. 75)

Diferencias y afinidades, señales y contradicciones en esta Tríada singular. Pero por sobre todas las cosas, búsqueda personal, expresión impar en donde se advierte que el verso es la norma única con la que un poeta relaciona su ritmo personal para abrir precisiones, otras dimensiones sonoras.

Por lo mismo, en esta muestra lírica se reactivan sensaciones, estrofas disímbolas, utilización del verso mal llamado libre para configurar la atmósfera, la ambientación, pero asumiendo, siempre, los riesgos de la subjetividad. Como desafío, como aventura, esta Tríada lírica asume heterogéneas formas enunciativas, apartada de una métrica tradicional, canónica, y que eslabona sus planos fónicos para rehacer la realidad a través del lenguaje. Lejos del esquema generacional, distante de los agrupamientos en revistas y publicaciones, la presencia de estos tres de autores puede generar enfrentamientos conceptuales, desencuentros y, por supuesto, afinidades.

*Teresa de la Fuente, Ángel Collado e Irma del Ángel, Tríada, El Taller del Poeta S. L., Pontevedra, España, 2011, 84 pp.

México-Tenochtitlan, septiembre del 2011


Según El poema seminal: “En la literatura mexicana, el nombre de Óscar Wong es sinónimo de persistencia, de constancia. Durante 30 años ha luchado contra todo para forjar una escritura que se sostiene por sí misma, fiel al lenguaje, a la búsqueda de la poesía y a sus propias leyes internas. Sus raíces, la china y la chiapaneca, están plenamente amalgamadas en su trabajo creador, sin mostrarse aparatosamente. De ahí que su poesía es un continuo triunfo sobre la armazón idiomática de que está hecha. Además, el magisterio casi silencioso y la continua indagación crítica de que ha hecho alarde, sostiene a Wong como alguien que ha podido superar con creces las limitaciones del capillismo y el sectarismo, tan marcado en estas lides”. Poeta, narrador y ensayista, Óscar Wong (agosto 26 de 1948) fue becario del INBA-FONAPAS en crítica literaria (1978-1979) y del Centro Mexicano de Escritores en ensayo (1985-1986). Fue subsecretario de Cultura y Recreación del Gobierno del Estado de Chiapas (1982-1984) y director de Publicaciones del Coneculta-Chiapas en 2010. Obtuvo el Premio Nacional de Poesía Ramón López Velarde 1988 con el libro Enardecida luz (UNAM, El Ala del Tigre, Méx., 1992) y el Certamen Literario Rosario Castellanos en Cuento 1989 con el volumen La edad de las mariposas (Talleres Gráficos de la Nación, Méx., 1990). Premio Nacional de Poesía de Ciudad del Carmen, Campeche 20002 con el libro Razones de la voz (CNCA, Práctica Mortal, Méx., 2002) y Premio Nacional de Ensayo Magdalena Mondragón (Torreón, Coahuila, 2008), entre otros.






[1] De acuerdo con el ámbito etimológico –anthos y logue–, el vocablo determina una colección de “flores poéticas” y, por lo tanto, lo mejor de lo mejor. Aunque genéricamente antología corresponde a una colección de pequeños poemas, según Meleagro (siglo I a.C.), quien denominó a la primera selección de 46 poetas griegos en tanto Corona o Guirnalda

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