martes, 25 de octubre de 2011

Opinión del poeta sonorense, Héctor Esquer.

Conocí al poeta sonorense Héctor Esquer  en una actividad en La Casa del poeta “José Othón” hace algo más de tres años. Él, en calidad de Director de dicho Museo,  presentaba a un músico amigo de ambos, y a otra persona que después de aquella noche fue también mi amigo.  No sabía quién era Héctor,  asistía  yo discretamente a algunas actividades culturales y lo había visto de lejos como a muchos otros. Sin embargo un gesto me hizo reflexionar sobre el ser humano, no era común la sensibilidad que ofrecía en su discurso, al punto que note aguársele los ojos después de mencionar ciertas cosas. Tengo muchos conocidos que también son sensibles y no lo pongo en duda, pero tengo el profundo olfato de distinguir entre falsía, pose y sinceridad, tanto me han mordido los perros de la vida.  Al final me acerque, me presente, presente a mi Nancy y lo demás es ya historia. Cuando hice artesanalmente la plaquette “letras esquivas”, le regalé un ejemplar y me ofreció sus puntos de vista. A raíz de la Presentación de “Tríada”, le pedí que leyera algo del libro, públicamente, Héctor es único e irrepetible. Me complació. Luego lo fui a ver a la “Casa López Velarde” su segunda casa y le pedí de favor me escribiera su opinión de mis escritos. Aquí está.
Gracias mi hermano, sabes que no soy presuntuoso, si pido tu opinión no involucro la desdichada vanidad, busco orientación, guía. Abusar, eso sí, de tu maestría, y eso entre amigos es aceptable y necesario.  Un abrazo y gracias de corazón, por todo. Dios te bendiga, siempre!


Estimado Ángel Collado: Espero que éste sea el correo que recientemente me dejaste; porque soy muy distraído y no lo sé. De cualquier manera te lo envío con CCO, pero te ruego me digas si lo recibes...A propósito del texto quiero decirte que lo pongo a tu consideración: Es por ello que cuentas con las siguientes libertades:
1) Si no es de tu agrado, puedes ignorarlo.
2) Si alguna parte del mismo no te agrada; puedes eliminarla.
3) No estás obligado a decirme si te gustó o no; esa es una decisión personal...
4) Jamás te preguntaré si te agradó.
5) Me quedo con la sapiencia de que no hay una sola frase hecha por obligación o adulación. Estoy muy lejos de eso...
6) Recibe un cordial abrazo y espero te encuentres bien. Saludos.


LA SINCERA POTESTAD DEL VERSO

Héctor Esquer

En el libro de poemas Tríada, publicado por “El Taller del Poeta”, S.L., España 2011 y  escrito con la intervención venturosa de tres autores: las potosinas Teresa de la Fuente, Irma del Ángel  y el cubano Ángel Collado, mismo que radica en nuestro país desde 1984, y en la ciudad de San Luis Potosí 1997 lo testifica con el primer paso que acuñó en nuestros paisajes. A él me refiero en la presente firma de mis modestas opiniones.
Ángel Collado nos recuerda que, para los males de la realidad y del hombre, la poesía es gracia que nos alivia con rituales curativos, ahí donde la palabra nos permite reordenar la forma del triángulo donde conviven el amanecer, el mediodía y el crepúsculo, como  animales míticos que se alimentan de emociones y sentimientos, y que nos llevan de idea en idea, a purificar la versificación que aguarda en lo sucedido y, sobre todo, en lo que  sucederá: página que es borrador perenne.   
Así, el poeta sublima las intenciones que lo vuelven niño de todos las muertes a la extraviada distancia de un puñado de nacimientos. Pero sólo si actúa, como es el caso de Ángel, con honestidad y sincera impecabilidad de alma, espíritu y consciencia que  testifica en cada verso que sus manos delinean.
Es decir, el poeta no se tienta el coraje para decir, de manera delicada, que la cotidianeidad es la musa más terrible que alimenta las expresiones exactas del que escribe: potencia donde el verso es el más frágil milagro social con que se intenta redirigir el infinito; humilde soberbia que tiene en pago las arenas de toda la soledad.
La existencia se encuentra oscuramente luminosa en sus poemas pues, con sincera discreción, la melancolía en Ángel es vencida por el Amor en el sentido en que solía decirlo nuestro Salomón Bíblico: “El Amor vence a la muerte”. Y eso es el verso: acto de lo mortuorio pero nunca en ataúd y menos en cementerio, como nos lo hace sentir en “Arrópame”: /A un lado se mueve la sombra paciente/ que me cruzará el abismo/. Acto generoso donde lo imposible retoma su posibilidad de ser renuevo de creación o, por lo menos, en el poema reconsidera su resurrección, pues la palabra es asunto cada vez menos esencial, para las mayorías atrapadas en insípidos argumentos que los metalismos imponen como forma de vida, y, donde también, es usada en discursos vacíos. La poesía entonces atesora la voz que bajo la lluvia espera quien la salve de la indiferencia…    
Confesarnos con lo que hemos vivido es un recurso nunca bien reeditado en la vena lírica de ninguna pluma; pues esa búsqueda requiere de cierta inteligencia más allá de los pasos y los caminos, así como de niveles de misticismo con que la realidad estruja nuestro nacimiento. Si no quiero ser tan torpe, debo agregar que el hacedor de versos, en este caso Ángel Collado, funda, con la nostalgia de lo ido y de lo que no sabemos si vendrá, la harina maliciosa para quien la transforme pan donde percibamos el aroma del infierno y del paraíso; y ambos nos entregan a la épica soledad, pues el trabajo emblemático del escritor es saberse, tal vez, solamente solo y solitario en una esquina de su propio exilio. Ahí coinciden y se dan cita todos los cementerios, las distancias, los diluvios y las peregrinaciones que nos quitan o agregan más sed para una sed mejor…
Sin un título que ampare los veinte poemas y cuatro epígrafes desesperados, Ángel nos trae influencias de la isla de Cuba que alguna vez fue casi concreción de sabiduría y perfectibilidad social…hoy, por desventura, es extensión de patética dictadura: estructura de la desesperanza; discurso antecedido por la calamidad más destructiva y decepcionante, cuando el ahora dictador, prometía un mundo para nada feliz… pero justo.
En cada poema de Ángel Collado encontramos resistencias que nos llevan a sentir lo que la misma muerte lamenta no haya podido ser; pero la sonrisa brota en el discurso que le ha ganado a fuerza de recordar y exhibir una serenidad justa aunque, ahí donde se pensaba que la sensibilidad era un trébol de libertad y justicia, la alegría está empolvada por la falta de coherencia aunque fuese la de la comunión más artesanal, como nos lo sugiere su poema “Sentencia”: /Aunque se empeñe la verdad en presagiar/ y sepa a soledad la primavera/.   
Y eso es los poemas de Ángel Collado: melancolía que busca alegrar a la tristeza porque se requiere de incontable profundidad entre acto y sentimiento, para resarcir las palabras que nos adeuda lo que pudo habernos dado la vida. Y más cuando, como es el caso de Ángel se es triple extranjero que no se cansa de llegar adonde lo llama su ascendencia. Sabe que cada poema es por lo menos un paraje en tanto que el mundo nos necesite o deje de necesitarnos. En cada verso tiene  la crisálida de cristal que brilla en labios y oídos de sus fronteras sin nación, de sus corazonadas sin acta de nacimiento, pero que buscan en el poema la sensibilidad de una supernova donde habitar. Paciencia la tiene entre sabios nudos de desesperación.
El poema es, entre muchas otras adversidades, el más indigente por lo menos en esta realidad,  con que orar a Dios y al diablo. Será por eso que David y Salomón encontraron en sus “Cantares” y “Salmos” las mejores estrategias más pedigüeñas para enriquecer su voluntad ya rebeldes del Cielo, ya amorosos del infierno, como nos lo sugiere Ángel Collado en “Espejismo”: /En este mar de arenas que nadie reclama/ hasta las flores hieren/. La poesía en Ángel tiene tonos que respiran paz subversiva; subvertida paz  a manera de indigentes llamas que buscan el consejo del océano, para arder sin más voz propia y personal, que la del poeta que las enciende…
Sincero, honesto y coherente hasta donde un versificador lo puede admitir, Ángel se topa consigo mismo y se habla al oído y sacude sus experiencias como alfileres en un frasco de arenas, para abrir y remendar heridas y depositarles la pátina arrancada a la sabiduría. Ahí concentra la estricta furia del que nos habla desde lo que deseó pensar, desde lo que deseó sentir, desde la geometría que intenta dejar de ser cuadratura: /Te he buscado cuando era posible mirar al sol/  nos dice en “Enigma 1”. Es decir, cuando la verdad podía ser vista y no había que desvelarla en las palabras, sino en el nervio vivido y vívido.
Antes nos dirá en “Pensamientos del poeta”: /Nadie sabe por qué se enoja el poeta/. Es decir el armador de versos desconocido para la cruel mayoría, y aprisionada entre vanas significaciones diseñados para no pensar y sentir, sino aquello que se les permite -y permiten-, a través de una mercadotecnia que los despoja de lo que ni siquiera saben que son: humanos; y, lo más grave: lo que podrían llegar a ser si se permitieran adueñarse de su correcto despertar. Para algo debe servir ese extraño medicamento llamado poesía.
Y los tiempos actuales se definen en el primer verso de “Morir ajeno”: / Tanta muerte espera en un cadalso sin borde/. Muerte donde la misma muerte corre peligro de ser asesinada. Tiempos marcados por carcajadas que tienen la nada de risibles y que se han vuelto idiotamente violentas. Porque creemos que la alegría tiene  domicilio entre falaces alegrías, sin saber que en la tristeza de la verdad hay mejores festejos…
Ángel Collado no pretende ser un poeta extraordinario; tampoco ser el aleccionador-predicador de los demás; sueña con algo más terrible y difícil de lograr: ser humano nada más y, si se puede, hombre de conocimiento y consciencia. No busca sorprender al lector con retorcimientos rebuscados…Eso lo podemos encontrar en cualquiera; sino ubicarse, nada más persona en esta extraña y paradójica inmensidad de tener existencia…
Su voz es suave, serena pero concisa y pertinente ave exacta a la cantidad de viento para volar… No hay para qué pretender ser huracán ante desiertos sin agua…Él cumple solamente con uno de los milagros que ya suceden muy poco: ser honesto hasta donde la infamia y los infames se lo permitan. Como él mismo lo sugiere en “El espacio de las sombras”: /Pinto elefantes en tela de arañas/.
         


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